domingo, 26 de diciembre de 2010
La risa es la sal de la vida. Generalmente, los hombres risueños son sanos de corazón.
La risa de un niño es como una loca música de la infancia. La alegría inocente se desborda en una catarata cristalina que brota a plena garganta. Triste hogar es aquel donde no resuena la risa infantil.
Los pensadores meditabundos no ríen, porque viven en constante comunicación con lo infinito, en una vasta serenidad.Los bandidos, los hombres avezados al crimen, tampoco ríen en su vida zozobrante y lívida, llena de hiel y de sombra; siempre van acompañados de un negro genio que mantiene en sus espíritus el espanto y el odio. El orgullo, la vanidad, sonríen; la lujuria, la gula, el robo, pueden sonreír, la envidia no puede. Pálida y enferma, traga su propia bilis y está con el ceño arrugado, siniestro, como la pintó el poeta latino, aplastada bajo la montaña del bien ajeno.
Bendigamos la risa.
Bendigamos la risa porque ella libra al mundo de la noche. Bendigámosla porque ella es luz de la aurora, el carmín del sol, el trino del pájaro. Bendigamos la risa porque es la predilecta del rey bebé, muñequito sonrosado y adorable que lleva paz y dicha a nuestras casas.
Bendigámosla, porque ella está en el ala de la mariposa, en el cáliz del clavel lleno de rocío, en el aderezo de rubíes que contiene el estuche de la granada.
Bendigámosla, porque ella es la salvación, la lanza y el escudo.
Bendigamos la risa.